Entre el
ejercicio de estilo y el reclamo comercial, Eloy de la Iglesia dirige a Carmen
Sevilla y Vicente Parra (su asesino titular en La semana del asesino, estrenada dos meses antes) en una
intriga apenas competente y con más bien pobres resultados. Una atractiva
madrileña (Sevilla) vive del dinero de hombres prósperos mientras planea un
futuro con su joven amante, pero… Digamos que la situación se complica cuando,
harta de su reciente proveedor, decide no hacer su viaje mensual a Londres y
quedarse en su departamento durante un fin de semana solitario, sin más vecinos
a la vista que el enigmático escritor (Parra) de al lado. Escrita por el propio
De la Iglesia, la anécdota central inmediatamente toma el rumbo equivocado,
además de resentirse a causa de una estructura floja y una realización errática.
El eventual giro de los acontecimientos produce cierta bienvenida sorpresa,
aunque nada que pueda redimir a un decepcionante material ya en sus últimos
minutos de metraje. 2/5
viernes, 20 de marzo de 2015
martes, 17 de febrero de 2015
El jefe (1958)
Una pandilla
de trajeados forajidos hace de las suyas en la venida a menos Buenos Aires de posguerra:
un jovencito iconoclasta en busca del padre que no lo defraude (Leonardo Favio,
casi un médium simultáneo de Jimmy Dean y Sal Mineo en versión porteña), un
curtido pisaverde devoto de Gardel, un joven escritor casado y con los
sueños ya derrumbados, la mano derecha fiel y bruta, dos hermanos con el
orgullo viril puesto a prueba. Y, como el vórtice de un drama existencial, el
jefe del título (Alberto de Mendoza): carismático,
asertivo, amoral, y con un pie delante de la acción y del pensamiento. Nada
subestimable, esta figura de sombra alargada esconde los discutibles brillos de
su complejidad psicológica cual as bajo la manga. Influenciada por el
costumbrismo de Fellini (I vitelloni, Il bidone) y adelantada temática e
incluso técnicamente a Scorsese (Who’s that Knocking at My Door) o aun a
Tarantino (Reservoir Dogs), también con la participación de la insulsa Graciela
Borges pero con el genial Lalo Schifrin en insólito score nacional, esta excelente película negra nos invita a
descubrir a Fernando Ayala y el más clásico cine argentino. 4/5
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miércoles, 28 de enero de 2015
Foxes (1980)
Acaso los productores de la última versión de Lolita
apreciaron el esteticismo adecuado del debutante director (de largometrajes) Adrian Lyne en los títulos
de crédito de la película de nuestro comentario: su cálida cámara se detiene en y se
desliza desde los pies (y cada uno de sus dedos) de Jodie Foster --filmada como Sue Lyon--
hacia sus piernas y su rostro sumergidos en el sueño compartido de las inocentes: un cuarteto adolescente con exagerados problemas de disfunción familiar... en su mayoría. Entre
las otras tres se halla Cherie Currie, la Cherry Bomb (no por más bonita, que
ésa era Joan Jett, sino por más insinuante) de The Runaways haciendo su propio debut
actoral en el rol de una runaway con tatuaje de cherry: debemos admitir que su
trabajo, aunque apañado por el de Foster, es el único de algún riesgo en una
cinta irregular aun en el estilo fotográfico de Lyne --cuyos encuadres, confeccionados por Michael Seresin (habitual colaborador de Alan Parker), alcanzan a mostrar una América nocturna como la de Edward Hopper. El guión logra un paisaje ambicioso pero mediano de la actitud vital de cierta juventud a fines de los '70s, con pocas situaciones sostenidas o llevadas a sus
consecuencias finales en términos realmente dramáticos o emotivos --con la
evidente excepción de la línea narrativa que sigue a Currie--; así que la pieza se apoya principalmente, además de Foster (quien aquí se
reúne con Bugsy Malone himself, Scott Baio), en la obra de Giorgio Moroder,
siendo “On the Radio”, vocalizado por la Reina del Disco, Donna Summer, el puntal
de otro soundtrack para el recuerdo --aunque American Gigolo, el otro score/songtrack de Moroder en el mismo año, es vastamente superior. (La colaboración más reconocida entre Lyne y el productor-compositor sería Flashdance.) Es una suerte de precoz Fast Times at Ridgemont High (incluido Robert Romanus, aquí como ex novio de mi actriz favorita) sin la profundidad de la experiencia, más allá de la inevitable violencia de crecer y el glamour de un grupo de chicas en San Fernando Valley; lo cual no significa que su asunto no posea algún encanto, máxime cuando fue la última película que Jodie estrenó antes de enrumbar hacia Yale. También en el (bastante desaprovechado) reparto, Sally
Kellerman (la musa de Altman), un todavía delgado Randy
Quaid y Laura Dern diez años antes de Lula Pace. 3.5/5
sábado, 3 de enero de 2015
Mecánica nacional (1972)
Alcoriza dirigiendo a Alma
Esta concesión populista o taquillera de Luis Alcoriza
--quien aquí parece un precursor de Hal Needham o algo por el estilo-- no se compara en
absoluto con el resto de su obra como director (Tiburoneros) ni como escritor
buñueliano. Sin embargo, dada su firma, no resulta totalmente sorprendente que
la pintura caricaturalmente costumbrista de un caótico día en una esperada
competición automovilística devenga en un más o menos efectivo retrato de los
vicios de una sociedad a la cual el cineasta no puede evitar mirar con simpatía
o, cuando menos, distanciada comprensión. El machismo, los prejuicios de toda
laya y la irresponsabilidad siguen a la familia del sencillo pero orgulloso
dueño de un taller mecánico (Manolo Fábregas), devoto hijo de una ya inmemoriosa
viejecita (Sara García), casado con una mujer todavía atractiva (Lucha Villa) y
padre de dos inquietas adolescentes (Maritza Olivares y, sobre todo, la espasmódica Alma Muriel),
además de compadre de un viejo gatillo alegre casado a su vez con Gloria Marín.
Por la ardua ruta se mezcla en su odisea un supuesto mayor del ejército (Héctor
Suárez) liado con una curvilínea buscona salida de Cannonball Run
o Smokey and the Bandit antes de que las fotografiasen; otra risible figura chauvinista y
estentórea con la pistola presta, el personaje de Suárez, no obstante, logra
matizar con mayor ironía y profundidad ciertos rasgos de un cuadro colectivo
que pretende ser un microcosmos reflejo de la sociedad mexicana de su tiempo
--algo que, entre unos chistes más “grandes” y conseguidos que otros (un poco
como el Ettore Scola de Brutti, sporchi e cattivi), produce no sin cierta torpeza.
3/5
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luis alcoriza,
mecánica nacional
lunes, 1 de diciembre de 2014
El asesino está entre los trece (1973)
Este expedito giallo hispano juega con un lugar tan común del
género inventado por Poe, consagrado por Sherlock Holmes y que
tiene como uno de sus casos prototípicos o emblemáticos el problema del recinto cerrado, cuyo
ejemplo más célebre es El misterio del cuarto amarillo… Decíamos que se trataba
de un lugar tan común en el policíaco, que devino en elemento paródico; sólo añadiremos al respecto que si lo
aclarásemos ahora estaríamos privando al lector del placer esencial de
encontrar al culpable, o al menos intentarlo, por sí mismo, que de esto es de
lo que se trata en verdad, tal como lo demostró Agatha Christie o aun un juego
de mesa como Clue --por más que su identidad a veces esté virtualmente cantada.
En nuestra entretenida producción destaca un buen, sospechoso reparto: el inmenso Eusebio Poncela, como siempre
extraordinario, es el penosamente perturbado hijo de una emasculante madre a la
Norma “Mother” Bates; Simón Andreu, convincente en el rol de un modélico casanova tan
odiado por los maridos o enamorados engañados como el galante guardabosques de la
novela de Leroux; una joven pero inmediatamente reconocible, terrestre, Carmen
Maura; la guapísima Patty Sheppard en el rol de la anfitriona; y Paul Naschy es un chofer misterioso (cómo no). La dirección es ajustada, sin ser imaginativa pero
esforzándose en los movimientos y la posición de la cámara, que ocasionalmente
asume el punto de vista del asesino enguantado y con un terrible punzón en la
mano al estilo convencional del maestro Dario Argento; la música es notable, sobre
todo en la cortinilla. El guión, tan importante en estas circunstancias, en
absoluto es nada del otro mundo, pero cumple plenamente dentro de los límites
en que se aventura una muerte enmascarada. 3/5
miércoles, 12 de noviembre de 2014
Un chant d’amour (1950)
Genet, por Leonor Fini
Con Le
sang d’un poète (1932) de Jean Cocteau, el propio debut cinematográfico de Jean Genet --quien
no realizaría ninguna otra película-- comparte un lirismo determinante, un
homoerotismo flagrante y una vocación por la fuerza primigenia de las imágenes
audiovisuales. Sus diferencias son, también, inmediatamente discernibles: en el
filme de Genet la versificación se reduce a la ensimismada belleza cruda de los
emotivos cuerpos masculinos, confinados y aislados en una danza metafórica
nítidamente personalizada por el autor de Las criadas y Querelle de Brest. En la
prisión real y simbólica de Genet, los reclusos se parecen a los Esclavos de
Miguel Angel, se masturban hasta la explosión narcisista, descubren el amor en
la incomunicación y la violencia del deseo. Todo el mundo está solo, encerrado
y es homosexual, incluido (especialmente) el guardia que espía esos sueños envidiables
para nutrir los suyos propios. El contraste entre la eventual libertad diurna
de la consciencia y la sensación claustrofóbica de la sombra es, en su puesta
en escena, buñueliano, en su localización casi emulado directamente de Un
chien andalou. 4/5
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