A partir de un poco menos que revolucionario guión de Jimmy Sangster, la británica Hammer Films instauró definitivamente su reinado en el género de horror --anticipado en la ya igualmente magistral The Curse of Frankenstein del año previo-- con una fabulosa adaptación de la genial novela de Bram Stoker que lograría suplantar a Bela Lugosi (imponente intérprete del clásico Universal de 1931) con Christopher Lee como el Conde Dracula en el imaginario colectivo mundial. La película, dirigida por el romántico Terence Fisher, reúne a Lee con su colega de Frankenstein (también de Fisher y Sangster), el excelso Peter Cushing como el Dr. Abraham Van Helsing, en un verdadero duelo actoral que refleja aquél de sus contrapartes ficticias: Lee recupera para su personaje la naturaleza de aciago primitivismo explorada en el espeluznante trabajo de Max Schreck (Nosferatu, 1922), pero sus ojos inyectados de indecible crueldad y su virulenta depredación sexual --lejos de la aristocrática galanura hipnotista de Lugosi-- transforman a su bestial príncipe de las tinieblas en una inmediatamente detestable (por fiel al modelo) y finalmente antológica representación satánica, en la línea de otras tan excepcionales como cualquier aparición del abismal Iago shakespeareano en el ecran. Así pues legítima recreación de la victoria apocalíptica del Bien sobre el Mal, la imprescindible Horror of Dracula contiene (entre tantas otras virtudes y escenas), por consecuencia, una de las secuencias de cierre más climáticas y fascinantes en toda la historia del cine, triunfo acaso no menor.
viernes, 13 de septiembre de 2013
martes, 20 de agosto de 2013
El bombero atómico (1952)
♪ María Cristina me quiere gobernar... ♫
Aprovechando la herencia universal de Chaplin
--para quien Cantinflas era el mayor cómico del mundo-- y, por tanto, de
Dickens, la superestrella mexicana filmó este convencional, minucioso, peculiar
trozo de artesanía industrial. No obstante, el arte del actor brilla en
determinados instantes, aunque Carlos Monsiváis no estuviese de acuerdo con
nuestra declaración. Sobre una idea del propio Mario Moreno, la película se
inicia como una variación de la dickensiana The Kid (1921), para poco después, y de
manera algo abrupta e inesperada, transformar al improvisado valiente del
título en el ya casi legendario Patrullero 777, azote del hampa menos
escrupulosa del Distrito Federal. La escena más virtuosa, sin embargo, es acaso
aquélla en la cual un Cantinflas disfrazado de avezado matón se pone a bailar
con una guapa chica de gánster: no es que la destreza física del bufo haya
envejecido mejor que su disparate verbal, pero, al menos, en esta película sí que resiste la comparación.
viernes, 9 de agosto de 2013
Le fantôme de la liberté (1974)
Buñuel, el cineasta libertario por antonomasia, entre dos de sus admiradores, Carlos Fuentes y Julio Cortázar
Detrás del título, enigmático hasta el final,
Buñuel acoge una de sus visiones más demoledoras acerca del movimiento circular
de la historia, un devenir humano que es cíclico y, por ende, de trágica
repetición. Los episodios se hallan unidos por ciertos personajes que transitan
de uno a otro, y el absurdo de la vida en este mundo es, una vez más, el
objetivo cuasi militar del surrealista más militante del cine. No obstante, en
su sistema de inversión totalizante --no sólo revelador luminoso del ridículo
orden establecido, sino transgresor oscurantista de las propias convenciones
estéticas--, en su (in)vocación de una lógica irracional estricta, se trata
posiblemente del filme menos característicamente buñueliano: sus imágenes
sufren una distorsión (el personalísimo tema de la niña-mujer se transforma e
inspira la escena del paidófilo que recuerda a M, inclusive la del sobrino y su
tía amada en una variación opuesta de las asimismo insistentes relaciones tipo
mujer joven-hombre maduro, por ejemplo) que las proyecta no sobre un espejo,
sino como los elementos de un mecanismo de fotografía en el momento mismo de
reproducir la realidad: casi todo se ve, no como un negativo, sino patas
arriba; casi todo, porque, pese a un discurso resignadamente libertario que se
vuelve inevitablemente contra sí mismo, Buñuel, el gran dinamitero de la
hipocresía social en todas sus formas, no puede tampoco dejar de advertirnos de
la solitaria y fugitiva, imposible esperanza que acarrea el futuro. (Éste, como
para rematar su condición de afirmación, llegó en la forma de la siguiente y
testamentaria película del artista, aquel Obscuro objeto del deseo con el cual
adaptaría, finalmente, otra de esas turbulentas novelas a las que era tan
afecto este goyesco poeta audiovisual, cuyo sentido del humor --aun por encima
de la vena sacrílega consagrada en la insuperable L’âge d’or-- es mayor de lo
que el cronista deja entrever.)
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jueves, 18 de julio de 2013
“The Young One” (TV) (1957)
Sumergido ya en pos de la niña-mujer buñueliana, he
tropezado con esta joya dirigida por Robert Altman como parte de Alfred
Hitchcock Presents. Similarmente a la homónima obra que el calandés estrenó en
1960, se trata de una brevísima pieza de estirpe lolitesca aún más auténtica si
cabe; la innovadora novela de Nabokov había sido publicada recientemente, en
1955, y la primera versión fílmica (a cargo de Stanley Kubrick) no vería la luz
hasta 1962. Empero, como desarrollo en mi flamante monografía universitaria, la joven de Buñuel es toda un animal de una especie muy
distinta, autóctona si se quiere del cosmos entomológico de un genialísimo
cineasta, por otro lado, destinatario (como sus pares Chaplin, Griffith,
Hitchcock) de la misma cultura paternalista condimentada de misoginia artística
y religión represiva. Fantasmas sexuales aparte --y se sabe que Hitch y el
surrealista compartían unos cuantos--, este episodio, de privilegiado visionado,
cuenta con el protagonismo ideal de la inquieta e inquietantemente hermosa
Carol Lynley (una verdadera adelantada de la onírica Sue Lyon), en un cuento
negro diestramente conducido por Altman, futuro autor de algunas de las
películas mayores del cine americano de los setentas (entre ellas, y escojo con
premura, la estilísticamente inaugural M*A*S*H y la sinfónica, virtuosa e
imprescindible, cada metro de ella, Nashville). Altman, quien en 1977 tomaría
la pretenciosidad de Persona y la transformaría en el críptico existencialismo
de 3 Women, parece inspirarse ya en Bergman (Sommaren med Monika) para hacer
germinar esta mala semilla, una quinceañera artera, distante y calculadora como
la peor femme fatale (rubia como ella en Hitchcock) que maneja a su antojo los
hilos de las marionetas masculinas a su alrededor: su patético novio
adolescente, según el modelo impuesto por el mito de Jimmy Dean (al que Altman
dedicó un documental ese mismo año, y Come Back to the Five and Dime, Jimmy Dean, Jimmy Dean en 1982), y el errabundo “extranjero” --visitante de
otro estado en aquel pueblito olvidado--, peligroso y atractivo (Vince Edwards,
el amante de la también fatal Marie Windsor en The Killing). Por supuesto, se
trata de una pequeña Lilith, pero también de lo que somos capaces de hacer para
escapar de nuestras respectivas trampas, un tema
hitchcockiano admirablemente esbozado en esta síntesis televisiva.
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lunes, 3 de junio de 2013
Lilith (1964)
¿Caerá
“Vincent Bruce” en la telaraña de Jean Seberg?
Como su título indica, este film de Robert Rossen puede ser
visto como una parábola del destructivo poder de la feminidad. No obstante, la
premisa básica de su argumento --un joven ex soldado, marcado por el legado de
una madre posiblemente esquizofrénica, busca trabajo en un asilo psiquiátrico
para gente rica, y ahí conoce a una seductora interna, poseedora de un mágico
mundo interior-- es lo suficientemente oscura, como impredecibles resultan sus
poéticos recovecos, y el espectador finalmente se halla sumergido en un estudio
de personaje singular como pocos. Momentos de íntimo
dramatismo y otros de soterrada violencia configuran una sutil pero a la vez
sugerentemente aterradora lectura, en ocasiones entre líneas como en otras no,
de un sueño de la razón demasiado familiar, próximo. En el reparto destacan
ambos protagonistas, sobre todo el para siempre subestimado Warren Beatty, que
después de su debut a las órdenes de Kazan en Splendor in the Grass (1961) se
confirma aquí, en otra potente labor interpretativa. Lo acompañan, además, su
hermano en la revolucionaria Bonnie and Clyde (1967), Gene Hackman, y Peter
Fonda, antes de soltarse el pelo y salir a la carretera a cambiar
definitivamente la doble cara del cine americano en Easy Rider (1969), como el
sensible y platónico Steven. La fotografía de contrastes plateados, entre el
realismo y la realidad de los sueños, se trenza con el tono delicado y sombrío
de una estampa humana casi susurrante, preñada de fantasmas del pasado.
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lunes, 20 de mayo de 2013
Copying Beethoven (2006)
“Anna
Holtz”, ángel de libertad
La hermosa Diane Kruger personifica a Anna Holtz, la mujer
más cercana al músico más grande de la historia en sus últimos meses de vida,
en este entusiasta y celebratorio film de Agnieszka Holland. Cuando Ludwig van
Beethoven (Ed Harris) se encuentra a punto de estrenar la divina Novena, su
primera sinfonía en diez años, una joven estudiante de composición se hará
cargo de la privilegiada tarea de transcribir las notas de su inmenso y atormentado
genio. Holland, que mucho antes dirigió títulos como To Kill a Priest (1988) y Total
Eclipse (1995) --ambas también basadas en hechos “reales” (Holtz no “existió”), la
última una biografía de los malditos simbolistas Rimbaud y Verlaine con Leo
DiCaprio como el genio precoz de Una temporada en el infierno--, a veces se
parece al Kenneth Branagh de Mary Shelley’s Frankenstein debido a una exuberancia
romántica a priori perfecta y que, no obstante, resta cierto brillo a una
producción por otro lado bastante cuidada (la escena del estreno es
técnicamente convincente). Y, aunque pasamos casi dos horas con el titánico Ludwig
van, y la actuación de Harris no está precisamente mal, al final sigue siendo
aquel enigma que pudo inspirar a un tal "pequeño Alex" la alegría de la
ultraviolencia… Nada de lo cual tiene la menor importancia, si damos gracias
por la Música.
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viernes, 26 de abril de 2013
Women in Love (1969)
¿Women in Love? Ejem...
El canónico D. H. Lawrence no sólo escribió la
ejemplarmente escandalosa Lady Chatterley’s Lover, sino también este relato
(publicado en 1920) cuya tesis, el amor homosexual como libertaria filosofía de
vida (panacea universal que supone una total comunión con la naturaleza e
inmunidad a la vulgaridad, pobreza y deshumanización de la revolución industrial),
escandalizó todavía a la sociedad burguesa ya en la segunda mitad del siglo
pasado --menos atenta a otros aspectos de cierta “guerra de los sexos”. La emblemática,
inescapablemente fascinante escena del doméstico, íntimo pugilato entre unos Oliver
Reed (tan lejos y, sin embargo, tan cerca de Gladiator) y Alan Bates
(comprometido alter ego del novelista) enemigos de la ropa interior, irónicamente en el capítulo titulado "Gladiatorial" del libro, nunca tuvo la sutileza de lo expresado
entre líneas --de hecho, en el film es la única relación a la que se le permite
la satisfacción del orgasmo--, pero siempre poseyó una transparente intensidad,
una sensualidad escultórica, la energía vehemente de la certeza de una pasión
desgarradora recreada con inteligencia y gusto decadente.
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