Igual de fascinante que Garbo como
Christina de Suecia o Marlene Dietrich en Morocco, la Doña personifica a un
caballero de Nueva España que arriba a Trujillo, Perú, huyendo de un destino
casi de cuento de hadas: su tía es una bruja que, fallecido el padre de
Catalina (Félix), pretenderá hacerse con la herencia, e, inclusive, el prometido
de la huérfana para su hija. La característica particular de Catalina, ahora
conocida por el nombre de Don Alonso, es su feminidad no suprimida pero acaso
un ápice reprimida, encauzada desde pequeña en la complacencia de su progenitor (un
orgulloso hidalgo que la quiso de su propio género) a través de la educación
en la esgrima, la equitación y otras artes de la varonía en esos tiempos
agitados de la Colonia. Sin la estupefaciente Doña este relato curioso no sería
mucho o nada, pero notemos además su guión castizo e intrigante --aunque
predecible--, y la bienhumorada dirección con temple de swashbuckler. 3.5/5
jueves, 20 de agosto de 2015
martes, 21 de julio de 2015
No se lo digas a nadie (1998)
El problema principal con esta
adaptación de la novela de culto escrita (con talento subestimado) por Jaime
Bayly y publicada en 1994 por Seix Barral es, precisamente, su guión: allí
donde la narrativa episódica, asertivamente inserta en la tradición de la
picaresca española (lato sensu), lucía una superficie hedonista y
fluidamente liviana que velaba para el lector desatento --o demasiado atento a los
efectos “reales” de su herencia de Capote y a otros aspectos más bien extraliterarios--
todo un pozo de amargor indecible respecto de los desajustes existenciales y
socioculturales de su antihéroe, en la pantalla queda traducido en los
claroscuros de una fotografía sin mayor vigor conceptual y, peor aún, en una
historia cuya única solución de continuidad parece ser el lugar común del
género queer y el sensacionalismo sin fondo.
Por lo demás, la producción (del
mismo equipo peruano que se atrevió con la primera novela de Vargas Llosa, con
resultados igualmente desiguales, otra vez respaldado por un capital hispano
que en esta ocasión es a veces una distracción dentro del ecran) cuenta con una
realización irregular pero, dadas las circunstancias, aceptable --no por nada el
respetable crítico de cine Ricardo Bedoya es autor de un interesante libro
sobre el director--, aunque agrave el
tono casual del relato original y lo teatralice
o logre una actuación realmente banal de casi todo su elenco (intérpretes y
meros figurantes) en pleno; bastante cumplidas son, no obstante --y dado,
siempre, el libro cinematográfico de marras, acaso dignas de encomio--, las de
Hernán Romero y Santiago Magill como el satanizado padre del perennemente
desorientado, aturdido protagonista, respectivamente. Lo cierto es que, al
menos, no se trata de un bodrio culebronesco al estilo de La mujer de mi
hermano (2005). 2/5
viernes, 10 de julio de 2015
Tempi duri per i vampiri (1959)
El inmortal Christopher Lee (fallecido el 7 de junio pasado) filmó esta parodia vampírica inmediatamente después de su bautizo de sangre como el Conde Drácula por antonomasia en Horror of Dracula (1958). Se trata de una coproducción franco-italiana protagonizada por el showman Renato Rascel (representante de Italia en el Eurovision de 1960), acerca de un barón que lo pierde todo a manos de unos estafadores que convierten su medioeval castillo en un hotel de turismo veraniego. Mientras tanto, su único pariente sobreviviente es un no-muerto (Lee) que a su vez se ve obligado a abandonar su castillo en los Cárpatos, y visitar repentinamente a su hasta ahora olvidado sobrino, quien se gana la vida como el "botones bajito" del lugar.
Bastante lograda comedia de enredos (ciertamente jocosa, aunque no esperen el humor más fino), donde, además de Lee tomándole el pelo a su imagen de Don Juan de ultratumba --cuyo potencial harén termina heredando el buenazo de Rascel--, se luce la belleza de la locación genovesa y de, entre otras féminas, Sylva Koscina como la perseverante novia de un rocanrolero a la manera de Ricky Nelson, y Antje Geerk como la virgen de turno inexpugnable para el propio Príncipe de las Tinieblas. 3/5
lunes, 15 de junio de 2015
Graciela (1956)
Elsa Daniel, ingénue del Nuevo Cine Argentino
Adaptación libre de
la novela Nada, de Carmen Laforet, Graciela es Elsa Daniel, una muchachita provinciana
que llega al Buenos Aires de la posguerra para vivir con su abuela y sus tíos,
y estudiar Filosofía y Letras. El inconveniente es que la antigua familia
Aliaga, que reside cuasi aislada y en permanente conflicto bajo el mismo techo
altísimo de una mansión derruida, está conformada por seres infelices,
violentos, aun casi fantasmales en sus hábitos y horizontes. La resignada --y
resignación es la palabra clave en este filme-- abuelita de Graciela no puede sino lamentar el inesperado fin de un pasado que jamás floreció,
ante la amargada Angustias (“tía
Angustias”, le conmina, inhospitalaria, a la recién llegada), una
solterona para quien Baudelaire, Camus o Guy des Cars son indistinta bazofia; el airado y aciago Juan, un pintor en perpetuas horas bajas cuya mujer, Gloria, parece una esforzada
Marilyn porteña; y Román (Lautaro Murúa), una vez prometedor concertista de
piano, ahora cínico seductor de mujeres a quienes chantajea y desprecia
no tan secretamente. Todos personajes dobles, enmascarados por no ver el letal
reflejo en el espejo inevitable de la realidad. La ambigua atracción entre Graciela
y Román --que nos recuerda un tanto la de Jane y Rochester, aunque el libro de Laforet fue comparado más bien con Wuthering Heights-- será la línea que conduzca una trama visualizada en momentos de genuina emoción y
aun con esa poesía de la que es capaz Torre Nilsson con su cámara caligráfica y su
envolvente manera de revelarnos los recovecos de su universo folletinesco --en
el sentido más noble de “folletín”: el de Dickens y Dostoevski--, pintado
con penumbras y ángulos expresionistas y románticas evocaciones. Pero Graciela carece del misterio y de la magia del realizador de La
casa del ángel, lo cual al menos la signa
como un privilegiado melodrama. 3/5
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domingo, 7 de junio de 2015
Fin de fiesta (1960)
Con maestría
rigurosa, Leopoldo Torre Nilsson traza los indiscernibles límites de la
corrupción política en la Argentina de la primera mitad del S. XX, a través de
un retrato familiar: en el seno de la oligarquía, Mariano Braceras (Arturo García Buhr) se
erige como el victorioso y venerable protector del pueblo, asesinando sin
piedad a quien se le oponga (o insinúe oponérsele); su nieto Adolfo (Leonardo
Favio), de quien es también secretamente verdugo, parece ser el único que lo
conoce o quiere conocer toda la verdad; y el matón de confianza del líder
(Lautaro Murúa), el único amigo verdadero que Adolfo parece tener, trata al
viejo con la devoción de un perro, hasta que… Una trama de relaciones y
conflictos --basada en la novela de la guionista Beatriz Guido-- muy acabada en su ajustada duración (poco más de 1 h 20 m), con la fotografía a
lo Gregg Toland (mejor utilizada, eso sí, en la gótica y superior La casa del
ángel) y el montaje poderosamente dramático ya característico de uno de los
grandes de la cinematografía hispanoamericana de todos los tiempos. Ni siquiera
la presencia insípida de Graciela Borges en rol de cierta sustancia es capaz de
arruinar un título recomendable. 4/5
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viernes, 20 de marzo de 2015
Nadie oyó gritar (1973)
Entre el
ejercicio de estilo y el reclamo comercial, Eloy de la Iglesia dirige a Carmen
Sevilla y Vicente Parra (su asesino titular en La semana del asesino, estrenada dos meses antes) en una
intriga apenas competente y con más bien pobres resultados. Una atractiva
madrileña (Sevilla) vive del dinero de hombres prósperos mientras planea un
futuro con su joven amante, pero… Digamos que la situación se complica cuando,
harta de su reciente proveedor, decide no hacer su viaje mensual a Londres y
quedarse en su departamento durante un fin de semana solitario, sin más vecinos
a la vista que el enigmático escritor (Parra) de al lado. Escrita por el propio
De la Iglesia, la anécdota central inmediatamente toma el rumbo equivocado,
además de resentirse a causa de una estructura floja y una realización errática.
El eventual giro de los acontecimientos produce cierta bienvenida sorpresa,
aunque nada que pueda redimir a un decepcionante material ya en sus últimos
minutos de metraje. 2/5
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martes, 17 de febrero de 2015
El jefe (1958)
Una pandilla
de trajeados forajidos hace de las suyas en la venida a menos Buenos Aires de posguerra:
un jovencito iconoclasta en busca del padre que no lo defraude (Leonardo Favio,
casi un médium simultáneo de Jimmy Dean y Sal Mineo en versión porteña), un
curtido pisaverde devoto de Gardel, un joven escritor casado y con los
sueños ya derrumbados, la mano derecha fiel y bruta, dos hermanos con el
orgullo viril puesto a prueba. Y, como el vórtice de un drama existencial, el
jefe del título (Alberto de Mendoza): carismático,
asertivo, amoral, y con un pie delante de la acción y del pensamiento. Nada
subestimable, esta figura de sombra alargada esconde los discutibles brillos de
su complejidad psicológica cual as bajo la manga. Influenciada por el
costumbrismo de Fellini (I vitelloni, Il bidone) y adelantada temática e
incluso técnicamente a Scorsese (Who’s that Knocking at My Door) o aun a
Tarantino (Reservoir Dogs), también con la participación de la insulsa Graciela
Borges pero con el genial Lalo Schifrin en insólito score nacional, esta excelente película negra nos invita a
descubrir a Fernando Ayala y el más clásico cine argentino. 4/5
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