martes, 17 de febrero de 2015

El jefe (1958)


Una pandilla de trajeados forajidos hace de las suyas en la venida a menos Buenos Aires de posguerra: un jovencito iconoclasta en busca del padre que no lo defraude (Leonardo Favio, casi un médium simultáneo de Jimmy Dean y Sal Mineo en versión porteña), un curtido pisaverde devoto de Gardel, un joven escritor casado y con los sueños ya derrumbados, la mano derecha fiel y bruta, dos hermanos con el orgullo viril puesto a prueba. Y, como el vórtice de un drama existencial, el jefe del título (Alberto de Mendoza): carismático, asertivo, amoral, y con un pie delante de la acción y del pensamiento. Nada subestimable, esta figura de sombra alargada esconde los discutibles brillos de su complejidad psicológica cual as bajo la manga. Influenciada por el costumbrismo de Fellini (I vitelloni, Il bidone) y adelantada temática e incluso técnicamente a Scorsese (Who’s that Knocking at My Door) o aun a Tarantino (Reservoir Dogs), también con la participación de la insulsa Graciela Borges pero con el genial Lalo Schifrin en insólito score nacional, esta excelente película negra nos invita a descubrir a Fernando Ayala y el más clásico cine argentino. 4/5


miércoles, 28 de enero de 2015

Foxes (1980)


Acaso los productores de la última versión de Lolita apreciaron el esteticismo adecuado del debutante director (de largometrajes) Adrian Lyne en los títulos de crédito de la película de nuestro comentario: su cálida cámara se detiene en y se desliza desde los pies (y cada uno de sus dedos) de Jodie Foster --filmada como Sue Lyon-- hacia sus piernas y su rostro sumergidos en el sueño compartido de las inocentes: un cuarteto adolescente con exagerados problemas de disfunción familiar... en su mayoría. Entre las otras tres se halla Cherie Currie, la Cherry Bomb (no por más bonita, que ésa era Joan Jett, sino por más insinuante) de The Runaways haciendo su propio debut actoral en el rol de una runaway con tatuaje de cherry: debemos admitir que su trabajo, aunque apañado por el de Foster, es el único de algún riesgo en una cinta irregular aun en el estilo fotográfico de Lyne --cuyos encuadres, confeccionados por Michael Seresin (habitual colaborador de Alan Parker), alcanzan a mostrar una América nocturna como la de Edward Hopper. El guión logra un paisaje ambicioso pero mediano de la actitud vital de cierta juventud a fines de los '70s, con pocas situaciones sostenidas o llevadas a sus consecuencias finales en términos realmente dramáticos o emotivos --con la evidente excepción de la línea narrativa que sigue a Currie--; así que la pieza se apoya principalmente, además de Foster (quien aquí se reúne con Bugsy Malone himself, Scott Baio), en la obra de Giorgio Moroder, siendo “On the Radio”, vocalizado por la Reina del Disco, Donna Summer, el puntal de otro soundtrack para el recuerdo --aunque American Gigolo, el otro score/songtrack de Moroder en el mismo año, es vastamente superior. (La colaboración más reconocida entre Lyne y el productor-compositor sería Flashdance.) Es una suerte de precoz Fast Times at Ridgemont High (incluido Robert Romanus, aquí como ex novio de mi actriz favorita) sin la profundidad de la experiencia, más allá de la inevitable violencia de crecer y el glamour de un grupo de chicas en San Fernando Valley; lo cual no significa que su asunto no posea algún encanto, máxime cuando fue la última película que Jodie estrenó antes de enrumbar hacia Yale. También en el (bastante desaprovechado) reparto, Sally Kellerman (la musa de Altman), un todavía delgado Randy Quaid y Laura Dern diez años antes de Lula Pace. 3.5/5



sábado, 3 de enero de 2015

Mecánica nacional (1972)

Alcoriza dirigiendo a Alma

Esta concesión populista o taquillera de Luis Alcoriza --quien aquí parece un precursor de Hal Needham o algo por el estilo-- no se compara en absoluto con el resto de su obra como director (Tiburoneros) ni como escritor buñueliano. Sin embargo, dada su firma, no resulta totalmente sorprendente que la pintura caricaturalmente costumbrista de un caótico día en una esperada competición automovilística devenga en un más o menos efectivo retrato de los vicios de una sociedad a la cual el cineasta no puede evitar mirar con simpatía o, cuando menos, distanciada comprensión. El machismo, los prejuicios de toda laya y la irresponsabilidad siguen a la familia del sencillo pero orgulloso dueño de un taller mecánico (Manolo Fábregas), devoto hijo de una ya inmemoriosa viejecita (Sara García), casado con una mujer todavía atractiva (Lucha Villa) y padre de dos inquietas adolescentes (Maritza Olivares y, sobre todo, la espasmódica Alma Muriel), además de compadre de un viejo gatillo alegre casado a su vez con Gloria Marín. Por la ardua ruta se mezcla en su odisea un supuesto mayor del ejército (Héctor Suárez) liado con una curvilínea buscona salida de Cannonball Run o Smokey and the Bandit antes de que las fotografiasen; otra risible figura chauvinista y estentórea con la pistola presta, el personaje de Suárez, no obstante, logra matizar con mayor ironía y profundidad ciertos rasgos de un cuadro colectivo que pretende ser un microcosmos reflejo de la sociedad mexicana de su tiempo --algo que, entre unos chistes más “grandes” y conseguidos que otros (un poco como el Ettore Scola de Brutti, sporchi e cattivi), produce no sin cierta torpeza. 3/5

lunes, 1 de diciembre de 2014

El asesino está entre los trece (1973)


Este expedito giallo hispano juega con un lugar tan común del género inventado por Poe, consagrado por Sherlock Holmes y que tiene como uno de sus casos prototípicos o emblemáticos el problema del recinto cerrado, cuyo ejemplo más célebre es El misterio del cuarto amarillo… Decíamos que se trataba de un lugar tan común en el policíaco, que devino en elemento paródico; sólo añadiremos al respecto que si lo aclarásemos ahora estaríamos privando al lector del placer esencial de encontrar al culpable, o al menos intentarlo, por sí mismo, que de esto es de lo que se trata en verdad, tal como lo demostró Agatha Christie o aun un juego de mesa como Clue --por más que su identidad a veces esté virtualmente cantada. En nuestra entretenida producción destaca un buen, sospechoso reparto: el inmenso Eusebio Poncela, como siempre extraordinario, es el penosamente perturbado hijo de una emasculante madre a la Norma “Mother” Bates; Simón Andreu, convincente en el rol de un modélico casanova tan odiado por los maridos o enamorados engañados como el galante guardabosques de la novela de Leroux; una joven pero inmediatamente reconocible, terrestre, Carmen Maura; la guapísima Patty Sheppard en el rol de la anfitriona; y Paul Naschy es un chofer misterioso (cómo no). La dirección es ajustada, sin ser imaginativa pero esforzándose en los movimientos y la posición de la cámara, que ocasionalmente asume el punto de vista del asesino enguantado y con un terrible punzón en la mano al estilo convencional del maestro Dario Argento; la música es notable, sobre todo en la cortinilla. El guión, tan importante en estas circunstancias, en absoluto es nada del otro mundo, pero cumple plenamente dentro de los límites en que se aventura una muerte enmascarada. 3/5

miércoles, 12 de noviembre de 2014

Un chant d’amour (1950)

Genet, por Leonor Fini

Con Le sang d’un poète (1932) de Jean Cocteau, el propio debut cinematográfico de Jean Genet --quien no realizaría ninguna otra película-- comparte un lirismo determinante, un homoerotismo flagrante y una vocación por la fuerza primigenia de las imágenes audiovisuales. Sus diferencias son, también, inmediatamente discernibles: en el filme de Genet la versificación se reduce a la ensimismada belleza cruda de los emotivos cuerpos masculinos, confinados y aislados en una danza metafórica nítidamente personalizada por el autor de Las criadas y Querelle de Brest. En la prisión real y simbólica de Genet, los reclusos se parecen a los Esclavos de Miguel Angel, se masturban hasta la explosión narcisista, descubren el amor en la incomunicación y la violencia del deseo. Todo el mundo está solo, encerrado y es homosexual, incluido (especialmente) el guardia que espía esos sueños envidiables para nutrir los suyos propios. El contraste entre la eventual libertad diurna de la consciencia y la sensación claustrofóbica de la sombra es, en su puesta en escena, buñueliano, en su localización casi emulado directamente de Un chien andalou. 4/5

martes, 21 de octubre de 2014

The Alfred Hitchcock Hour: “Off Season” (1965)


En este episodio (final) de la segunda serie televisiva del Mago del Suspenso, John Gavin --esa especie de Rock Hudson menos talentoso que tuvo la fortuna de aparecer en Psycho-- es un policía impulsivo que acaba de matar a un viejo vagabundo por apuntarle con una botella (acabada de robar) en la mano. Al mudarse a otro pueblo, se convertirá en víctima de un destino tan implacable como afín a la repetición: lleva a su rubia novia y se hospeda con ella en un apartado motel de extrañísimo propietario, mientras que encuentra trabajo en la comisaría de Richard Jaeckel, un tipo mayor con una mujer algo liviana que semeja un doppelgänger de la suya propia... Las escenas, orquestadas por el ya notable William Friedkin, llevan la huella inevitable de Bernard Herrmann a los oídos. Por supuesto, el guión tenía que ser de Robert Bloch. 2.5/5

"Sam Loomis"

sábado, 11 de octubre de 2014

The Royal Hunt of the Sun (1969)


En esta película rodada en Perú y basada en la pieza homónima de Peter Shaffer se escenifica el encuentro entre dos reinos: la Corona Española, representada por el conquistador Francisco Pizarro (un Robert Shaw idealmente elegido), y el Imperio Inca, encarnado en Atahualpa (Christopher Plummer luciendo ojos principescos). La adaptación abre, por supuesto, el espacio teatral ofreciendo el privilegio cinematográfico de sus auténticas locaciones, pero los mejores momentos son, sin ninguna duda, aquellos entre cuatro paredes que, y son necesariamente demasiado pocos y breves, atestiguan un duelo dramático irrepetible en el cual Plummer y Shaw brindan algunos instantes conmovedores, de verdadero lujo --aunque alguien podría quejarse del amaneramiento que el primero imprime a su interpretación, o de que el rudo Shaw ennoblezca a Pizarro: recordemos que no se trata de una lección de Historia, sino de inexactitudes de diverso tipo elevadas por la creatividad. Ni los tesoros del milenario Perú en todo su dorado esplendor ni el peso de la vida transpirado por cada bloque de piedra constituyente de algunos de los monumentos más apreciados por el turismo mundial --aunque captados mediocremente, como el resto del asunto, por la cámara de Irving Lerner-- pueden compararse con la emoción de descubrir a Pizarro y Atahualpa en los entresijos mismos de una relación que los iguala a la vez que los confronta en y con su mutua humanidad. Más allá de esto, notemos, siempre secundariamente, la épica y simple banda musical de Marc Wilkinson y la blanda presencia de Leonard “Romeo” Whiting dentro de una producción británica que cumple con dar a conocer el exótico texto de Shaffer. 3/5